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Río Mapocho

Desde la temprana Colonia, el Río Mapocho concitó la atención de cronistas y viajeros, quienes lo destacaron como principal fuente de regadío de la ciudad, surtidor de abundancia y fertilidad. Fue considerado apacible la mayor parte del tiempo, carácter que se transformaba ante la irrupción de sus desbordes, que asolaban cada tanto, la ciudad de Santiago. Las más grandes inundaciones ocurrieron en 1647, 1783 y 1850, solo por recordar algunas. Ellas traían consigo un torrente furibundo que desmantelaba todo a su paso, además de provocar un profuso contagio de enfermedades a los habitantes de la ciudad.
 
 

Por entonces, el río se atravesaba en precarias balsas, en andas o en el mejor de los casos, en calesas o carretas. En 1681, gracias a las gestiones de los sacerdotes  franciscanos, se inauguró la primeras pasarela que conectaba Santiago con la Chimba: el icónico Puente de Palo, hoy Puente Recoleta. En 1767 se inicia la construcción del Puente Cal y Canto, el que estuvo terminado en 1779. Con el fin de erradicar definitivamente los problemas de salubridad, exclusión y estragos que causaba el caudal mapochino, se materializó una idea que desde hace mucho las autoridades venían mascullando: emprender la canalización del río, empresa que se concreta en 1888. Hacia 1890 se crean los puentes metálicos de Pío Nono, la Paz y Los Carros, entre otros, los que le confirieron al paisaje urbano, un aspecto de progreso y desarrollo que es posible apreciar hasta el día de hoy.

Históricamente, el río también ha sido lecho y cobijo para las gentes vagantes y sin casa, que, a pesar de la canalización y de otros intentos modernizadores, continúan asentándose allí.

 
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El escritor Daniel de la Vega, bohemio y sabedor de Santiago, escribía a mediados del siglo XX, luego de todos los cambios experimentados por el río y sus riberas: “Ya no es anarquista, ni vagabundo, ni aristócrata, ni cubista, ni campesino, ni místico. Es río, nada más que río; ebrio de naturaleza, simple y magnífico”.